Esto es un blog, o no. Esto es un rincón. Este es un recoveco donde decidimos mostrar o esconder palabras. Palabras que salieron de la timidez de Florencia, la suavidad de Julieta o el huracán arrollador de Paz y Juliana. Palabras, al fin, que cada viernes inventamos, compartimos, tachamos y volvimos a escribir. Esto fue un taller... o quizás es otra historia que comienza.

sábado, 29 de octubre de 2011

Elecciones 2011

Cuando yo sea presidente voy a hacer obligatorias las clases con pantallas en todas las escuelas que las posean.
Voy a inaugurar un parque acuático de coca-cola para todas las edades.
Se podrá vender alcohol a los mayores de 15 años hasta las 10 pm, pero si se encuentra a algún joven ebrio se le pondrá una multa de mínimo $300.
Antes de que comiencen las clases se les regalará un par de zapatillas a los alumnos de las escuelas privadas, y una mochila y zapatillas a los de las públicas.
Haré feriado el 31 de octubre y 1 de noviembre para festejar Halloween.
Y aceptaré propuestas de cualquier persona, sin importar la edad.
Si me votan prometo cumplir con esto y muchas otras propuestas lo más pronto que pueda.

viernes, 28 de octubre de 2011

Alex: ¿Dónde estabas ayer a la noche?
Te estuve esperando afuera con el coche
Te llamé muchas veces y no me contestaste,
Tu me desesperaste.
Emily

Emily: Disculpá por mi desaparición pero mi abuela llegó y no pude decir que no a la cena familiar.
Igualmente te llamé muchas veces y en todo momento me dio ocupado.
¿Te parece bien si salimos hoy?
Alex

Alex: No hay problema, no te angusties, a la hora que quieras nos veremos. Te extraño, gracias por disculparte. ¿Cómo está tu abuela?
Emily

Emily: Mi abuela esta de lo peor, se enfermó y no sabemos hasta cuando vivirá . Los médicos no pueden aproximar. Tengo que verte hoy mismo, me siento vacío y necesito tu compañía.
Alex

Alex: Soy el abogado de la Srta. Emily. Ella ha tenido un accidente automovilístico en la ruta 226. Sus cartas me llegaron a mi. Mis más sinceras condolencias.
Abogado Raul Gomez
Mat:  253890352

martes, 25 de octubre de 2011

Elecciones 2011

Estimados Compatriotas:

Si me votan como presidenta les prometo que los días en que la temperatura sobrepase los 25°C se venderán helado gratis.

Si el arroyo seco se secara definitivamente, lo llenaría con gaseosa para que ya no se tenga que recurrir a los almacenes a las 8 de la noche, sino que se vaya a cenar a las orillas del arroyo para incentivar las comidas familiares.

En las escuelas, los días hábiles serán de lunes a jueves, teniendo los otros tres como feriado. Las clases deberán empezar si o si luego de la segunda semana de marzo, y culminar en la segunda de diciembre.

Se podrá vender alcohol después de las diez de la noche, y si ocurre un choque, se le sacara ese derecho. Obviamente, el choque debe ocurrir después de las diez y con uno de los dos conductores con un nivel alto de alcohol en la sangre.

Como última propuesta, la casa rosada aprobará un proyecto para que todas las familias se puedan ir, al menos, una vez por año a algún lugar del país, obligatoriamente.

Sin màs propuestas y con el objetivo de haberles agradado y no haberlos aburrida, me retiro.

Biografìa Juliana

Juliana nació el 22 de octubre en Mar del Plata. A sus cinco años comenzó sus estudios en el Colegio Musical IDRA. Apasionada por el piano, Juliana comenzó sus estudios musicales en segundo grado del primario.

Su gusto por la lectura comenzó por el año 2004 cuando sus padres le obsequiaron su primera novela, que, en los años posteriores, seria autografiada por el autor en persona.

Los cantantes favoritos de ella son Luis María Pescetti y León Gieco. El primero, además de cantante es un buen escritor de novelas tanto infantiles como para adultos. En 2008, ella fue a uno de sus conciertos en Mar del Plata y le pidió que le firmara todos sus libros que poseía de él.

Su familia es muy amorosa y cuando ella tenía cinco años le obsequiaron un precioso dragón color verde esmeralda. Juliana domo a la criatura como si fuera un perro (aunque tenía un par de diferencias que hacían enojar a los padres de Juliana).

El pequeño dragón dormía en el sótano de su gran castillo que tenían como casa de veraneo en Uzbekistán. Cuando el ciclo escolar comenzaba, la familia volvía a Argentina para que los más pequeños terminaran la escuela y Juliana pudiera seguir desarrollando su talento. El dragón se quedaba en el sótano del castillo hasta el verano siguiente.

La familia volvía montada en su dragón esmeralda y aterrizaba en el aeroparque municipal.

Cuando Juliana aprendió más de un millón de palabras, le comenzó a enseñar a hablar al dragón. Luego de muchos años de práctica, el dragón hablaba correctamente el español, portugués, chino, italiano, francés y alemán.

Cuando Juliana comenzó el secundario, sus padres la autorizaron a hacer pequeños viajes con su dragón de noche y solamente cuando se encontraban de vacaciones.

Juliana y su dragón viajaron a muchísimos lugares: dieron la vuelta al mundo en una noche, recorrieron Europa en dos, en fin, hicieron infinitos viajes que dieron lugar a largas charlas entre los dos amigos.

Una noche, cuando se dirigían hacia Finlandia, Juliana comenzó a relatarle al dragón una historia que inventaba ella. Su amigo le aconsejó que tomara clases en su escuela, porque acababa de encontrar un talento nato.

Al año siguiente, Juliana se juntó con unas amigas y, con ayuda de una profe de Lengua, comenzaron a escribir espectaculares historias.

lunes, 3 de octubre de 2011

I'liek Mirvillieu


“Y sacrificó a sus hijos por el fuego en el valle de Ben–Hinom; practicó la adivinanza, la magia y la hechicería, estableció espiritistas y adivinos, haciendo mucho mal a los ojos de Yavé y provocando su cólera.”
2 Crónicas 33:6



Para Tomás Domenech.
La fecha no es importante ¿Verdad?
La vida no fue la misma después de Haumea. Lamento tener que informar que Kalisto regresó a Ganímedes con su clan, y creo que Mirene la volvió a aceptar como cuñada aunque probablemente Leo no la deseó precipitadamente. Fue entonces Milena quien me acompaño durante un tiempo corto y nunca más volví a verla.
Lamento que hayas debido marcharte tan repentinamente, aunque entiendo tus razones. Realmente siento en carne propia el dolor que fue tuyo durante esa lamentable estadía (aunque deberás admitir que el hielo de aquel lugar no era del todo malo).
Para cuando leas estos párrafos hará tiempo desde que haya llegado a las playas de Nérona. Si deseas y tienes tiempo, visítame. Yo sé que ya has encontrado el camino para llegar.
Javik.

Restos del diario de Javik VogNohj encontrados en los asteroides cercanos a Ceres.

1º de Crísole del calendario Makemakino, Ceres.
A quien lea estos pasajes.
Júpiter.
Los satélites, hermosos. La vista del cielo estrellado, hermosa. El planeta en si, helado. No hay mucho para hacer, aunque no lo creas. La única es el café Shoemaker–levy9 y las cazas de Kreky.
Curiosamente allí comenzó todo. Bueno, solo una parte. Otro dato, el nombre del planeta proviene de mi padre. Sí, Júpiter, el rey de los cielos -ese que usa los rayos como arma de fuego-. Quizás haz de conocerlo por el nombre de “Zeus” o “Nero”, si provienes de Kandeler.
Entonces, esta historia comenzó en Júpiter. Una tarde, como muchas otras tardes -si se puede decir que en Júpiter existen los días-, yo estaba tomando un “Deker Dive” en el único café-gasolinera y de repente él se sentó justo enfrente, sin previo aviso como un Ofio. Simplemente usurpó la silla de mi mesa y se sentó para compartir una bebida. Claramente yo, no dije nada. No había nada para decir, en Júpiter no hay reglas no leyes que prohíban hacer algo, nada, y también simplemente por el hecho de que no me molestaba su prescencia. Casi parecía humano, terrícola, como yo, excepto por sus ojos jade.
Al igual que los felinos, nuestros ojos, los de nuestra clase, poseen un iris muy especial. Pupilas rasgadas se podría decir. Felinuz Latik. Dependerá de quién en particular o su familia. En su caso, un bronceado casi natural y cabellos canela lo acompañaban. Repito, su apariencia era casi humana, de no ser por esos ojos jade que parecían capaces de penetrar la más sólida oscuridad.
Y fue así de la nada, en la nada – ya que eso es Júpiter, el mismísimo gas en su estado más puro –, que nos conocimos Tomás Domenech y yo. Claro está que su nombre no lo sabría hasta meses después.
Javik.

Quinto día del equinoccio Érino.
Me disculpo por no haber continuado. Fue Domenech quien confirmó mis miedos, mis miedos sobre los de mi especie. Mi madre, la cual no tuve el placer de llegar a conocer bien, murió poco después de mi nacimiento. Mi padre, desinteresado con respecto a mi futuro, me hizo llegar una forma de subsistencia, un tutor – el cual obviamente me abandonó luego de enseñarme todo cuanto creyó necesario. No me pondré a divagar sobre acciones tan pasadas que siquiera yo recuerdo. Solo una frase suya se grabó en sangre y huesos:
“No busques a los de tu estirpe de no creerlo absoluta e irrefutablemente necesario” me había dicho éste.
No es que hubiese un vínculo con mi progenitora o su poco interesada familia, pero sí estaban esos ojos, felinos y penetrantes de mi madre, quien poco hizo para merecer ese título. Esa mirada tan animal e irracional que perforaba mi alma. Unos ojos azules, intensos, que realmente iluminaban una habitación por sus fuerzas asesinas, los cuales heredé (no por gusto claramente).
En teoría yo nunca entraría en contacto con aquellos como yo –en teoría. Domenech no fue el primero, ni tampoco el último, pero sí el más interesante de todos los casos. Su padre había sido como mi madre, solo que menos salvaje. Se había enamorado de la Tierra y de una humana, Nina Domenech – así como suena, era la madre de Tomás. Como sea la cosa, Domenech creció con su madre -en la tierra- y  un padre que poco lo visitaba -solo para cumpleaños y fechas conmemorativas-. No había odio en su voz cuando me lo comentó, pero definitivamente no se había encariñado con él.
Fue durante un día, o así se sintió, que Domenech y yo nos miramos mutuamente, enfrentados a la mesa del café, tratando de adivinar los pensamientos ajenos. Fue él, entrenado como terrícola, quien primero rompió el silencio.
– ¡Eres un dragón! – me gritó excitado como si hubiese sido el primero que había visto.
– Prefiero el término Mirvillieu y tú también lo eres. – Repliqué calmo, aunque restringiendo mi risa por dentro.
El silencio calló de nuevo y pude notar el nerviosismo de los dueños del lugar. Tenían que cerrar, y no sabían cómo sacarnos. Medio a rastras me llevé a Domenech del brazo hasta fuera –no sin antes inclinar la cabeza a modo de saludo al jefe del local. Una vez fuera de lugar un solo “Adiós” bastó para permitirme desaparecer de la fachada de aquél desalmado planeta. Al día siguiente no faltaba el joven en mí asiento regular, indiferentemente me dirigí a la barra y me pedí un vaso de lo que los terrícolas llaman “Harvey Wallbanger” –algo fuerte para ser un exprimido de naranja, en mi opinión–, y me permití relajarme. Tomás tenía otros planes para mí. No dejó de observarme desde mi asiento.
– Despacio con la bebida – me dijo el dueño. – No es jugo – aclaró con ojos preocupados.
Supe que Domenech había escuchado. No pude evitar seguir pidiendo más tragos para acallar mi ignorancia. Había algo raro en ese cóctel, luego descubrí que se llamaba “alcohol”. Tampoco estaba al tanto de qué efecto desencadenaba en el organismo, aunque claro está que no deseaba aparentar debilidad alguna ante Domenech.
Ser débil frente a un dragón experimentado puede muy bien costarte la vida. En fin, yo estaba “borracho” y medio que charlando, u mejor dicho acosando, al dueño con preguntas sobre su planeta natal y su vida en él, bueno, su vida en general. Ya entrada la tarde no quedaban en mí fuerzas para levantarme de mi butaca. Fueron Domenech y el jefe quienes me llevaron de prepo a una pequeña cama – la cual mas bien merecía el nombre de camilla – en un pequeño cobertizo polvoriento.
– Al menos es un bebedor inofensivo – le escuché decir al dueño, sin rastros de la voz de Domenech.
Al entreabrir los ojos pude ver que Tomás estaba irradiando furia líquida desde sus ojos, como le había visto hacer a mi madre. ¿Quién podría culparlo? Él primer dragón que había conocido y éste no podía tenerse en pie luego de unas copas de jugo.
– Lo dejo en tus manos. – dijo, mientras abandonaba la estancia, el jefe.
Domenech cayó pesadamente, como un Stanglik en su faceta R’lyeh, a mi lado en el pequeño camastro y parte de su enojo pareció disiparse.
– Sabes… – me dijo pensativo – extraña situación.
No pude reprimir la carcajada que brotó irrefrenablemente. Tomás me tomó y me obligó a reposar debajo de las poco utilizadas, polvorosas, mantas. Todo era muy raro y el mundo daba vueltas. Entre sueños escuché una hermosa voz que cantaba. En el sueño cantaba para mí.
Javik.

Noche de las Helsekbly, Makemake.
Han pasado tres días desde que tomé estas hojas. La lapicera ya no tenía tinta. Pequeño inútil regalo de Milena. Estaba, entonces, en aquella incomodísima camilla, con un tremendo dolor de cabeza – rescasa, según tengo entendido. Apenas si pude bajar del ático y acercarme a la barra – donde, como de costumbre, se encontraba el dueño. Celeste – una de las meseras – preparó nuestros desayunos. El jefe fue lo suficientemente amable para explicarme los efectos secundarios del dichoso alcohol.
Inexplicablemente ese día nadie se presentó al café, y nunca me atreví a preguntar el por qué. Fue Domenech el único en arribar. Claramente se lo podía ver nervioso y preocupado. Me bombardeo con preguntas inútiles, hasta que logré callarlo. Su voz, por momentos, lograba calmar mi dolor, aunque en otros mi cabeza parecía ser martillada por un Grosken.
Una hermosa muchacha llegó al local horas después, para cuando me sentía mejor, y el nerviosismo de Tomás se incrementó. Ella se acercó, cordialmente, y nos dedicó una reverencia.
– Ya están aquí – dijo para Domenech.
Los ojos topacios de Milena centellaron vivamente y entendí qué estirpe era la que se avecinaba.
Javik.

domingo, 2 de octubre de 2011

Matias

Matías tiene 20 años, no va a la universidad y, a veces, ayuda a sus padres con la tienda de ropa que tienen cerca de su casa, pero con el tiempo se convirtió más en una molestia que en una ayuda. No era muy alto, pero tampoco muy bajo, después de todo nunca se quejó de su metro ochenta.


Todos los días se levanta cuando el despertados de sus padres suena a las 8.30 y él, a falta de sueño, pone música a todo volumen para obligar a que sus padres se levanten.


Se queda en la casa todo el día escuchando música o acompaña a los padres al local, aunque tarde o temprano lo echan y vuelve a la casa.


Todas las noches escribe lo que hizo en el día (y algunos pensamientos) en un diario intimo que tiene escondido en un cajón, pero el dice que es una agenda.



Hace unos años compró por su cuenta un bajo. Es negro y le pegó un sticker de su banda favorita cerca de los potenciómetros.



Tiene una banda con unos amigos que conoció en un concierto cuando tuvieron la idea de colarse pero el guardia los descubrió. A partir de ese momento se hicieron buenos amigos y encontraron en común la música y la idea de tener una banda.


Matías toca el bajo, Sebastian (que tiene 18 años) canta, Brian (tiene 19 años) toca la guitarra y Blas (el mayor de todos con 21 años) la batería. Ensayaban todos los fines de semana, ya que en la semana Sebastian iba al colegio y Brian y Blas a la universidad. Ya habían escrito canciones propias y tocado en algunos bares, pero nada profesional.



Hasta que un día Brian consiguió una entrevista con un productor de música y, después de escuchar algunas de las canciones que ellos compusieron, obtuvieron un contrato. Lo que pasó después, eso ya es otra historia.

Submarino Horchata

Mariano Tristán Camargo. Loco de la lectura. La frase “presa de la literatura” le quedaba corta. Poemas, ensayos, narraciones. No había libro, corto, largo o compartido, cuyas páginas sus ojos no hubiesen explorado – al menos no hasta que Liliana Marta Rodríguez se puso firmemente en la silla de su living y comenzó a escribir.
Liliana Marta era una pobre anciana de noventa y cinco años de edad. Pasaba sus tardes de los jueves tranquila, en su pórtico, tomando un mate, o a veces un té. Todas las tardes sin falta pasaba Mariano con un libro nuevo – el cual devoraría esa mismísima noche.
Treinta y dos nunca podría haber sido su edad correcta, salvo que lo era. Un metro cincuenta, alrededor, eso era todo lo que se cuerpo le proporcionaba para ostentar.
Como no podía faltar, Mariano era editor. De eso trabajaba. Mañana, tarde y  noche los libros ocupaban su vida. Claro está que un personaje peculiar no ha de tener otra cosa que un trabajo particular. Como cualquier editor, éste tiene una sección de la que se ocupa, y como ya habíamos expuesto Mariano no podría haber tenido mejor sección que la infantil.
En eso era bueno, y no cabía la menor duda, pero su estatura y sus facciones juveniles no lograban distinguirlo de un grupo de muchachos adolescentes. Claramente había heredado una longevidad ancestral por su parte materna. Su madre – porque su padre había muerto a sus cincuenta, clavados – todavía, ella, en sus cincuenta y tres no poseía una sola arruga en su agraciado y terso rostro.
Tristán, todas las mañanas, en su afán por aparentar la mayoría de edad, peinaba sus cabellos, colocaba sus – falsos – anteojos de grueso marco negro sobre su nariz y una desajustada corbata – porque de ajustarla conseguía en efecto contrario – bordeando por debajo del cuello de su camisa. Claro está que todo esto ocurría en el baño. Él frente al lavabo, y al espejo, sobre su pequeño pedestal – el cual le permitía ver su reflexión. Nunca faltaba su pequeño par de zapatos, y la pequeña plataforma incorporada – ni los cinco centímetros de una masa uniforme, mejor conocida como taco, o tacón. Los nunca faltantes pantalones largos lo cubrían todo.
Entonces sí, todo listo, Mariano se sentaba a disfrutar – además de una buena taza de chocolate caliente – de aquellos manuscritos con los que trabajaría por el resto de la mañana. El sagrado chocolatín de media mañana lo compraba sin falta en el quiosco de su esquina, camino a su trabajo. Una vez en su oficina, cual dictador, ordenaba de aquí para allá a sus subordinados – ya que su trabajo no podía constar de otro que ser editor en jefe – y atormentaba telefónicamente a los pobres escritores con sus fechas límites. Más de una alabanza recibían de entregarlo todo a tiempo.
Los subordinados nunca cuestionaban, pero siempre encontraban bizarro, el chocolatín de ranita todas las medias mañanas. Ni hablar del almuerzo. Este constaba de una cargada ración de omelette diario, el cual siempre sorprendía con graciosísimas innovaciones de condimentos y extrañeces en su relleno. Al atardecer llegaba, sin falta, una buena medialuna de manteca con el siempre cercano espumante submarino caliente.

– ¿Por qué nunca se pide café? – preguntó una vez un ignorante nuevo editor.
–Es amargo respondió instantáneamente Mariano

Nunca más alguien cuestionó los gustos del editor en jefe, al menos no los de la sección infantil.

Una vez finalizada su chocolatada, Mariano daba por terminada su jornada laboral y guardaba sus cosas para regresar caminando hasta su dulce hogar. De camino pasaba por una librería de su preferencia y compraba cualquier libro estrictamente nuevo. Exceptuando los días jueves, cuando regresaba con nuevas publicaciones de su oficina. Así todas las tardes de los jueves Liliana contemplaba un inédito título sobre las rústicas y estridentes tapas de libros para niños.
¿Dónde guardará tanta cantidad de libros? se preguntarán. La casa de Mariano era bastante peculiar. Una casona vieja, enorme y bien cuidada era el hogar de nuestro protagonista – el cual había heredado una pequeña fortuna gracias a la difunta familia de su ya muerto padre. Para él no podía faltar una gran sala-biblioteca con toda una incontable colección de libros. Pronto inauguraría un segundo salón ya que el primero le estaba quedando corto. Entonces a la tardecita se sentaba en su sala favorita a leer su nuevo libro. Más adentrada la noche cenaba – ya leído su libro – y se preparaba para acostar. Pijama azul, a rayas multicolor, y un gran vaso de leche tibia lo terminaban de llevar a su recámara para pasar una comodísima noche de descanso.
A Mariano no le gustaba mucho su camino de regreso los días jueves, ya que nunca faltaba en el Liliana – su única vecina cascarrabias. No se llevaban exactamente mal, aunque no eran del todo amigos. Él nunca hubiese imaginado EL libro que su madre estaba a punto de recomendarle. La autora de semejante ejemplar no podía ser otra que Liliana Marta, y ésta no podría haber tenido mejor idea que pignorarle ese volumen a ella.
Absolutamente todos los domingos por la tarde los Camargo se reunían para disfrutar de un exquisito té con dulces facturas – o un chocolate caliente en el caso de Tristán. Como buena madre, Olivia Edit Barbosa – de Camargo –, no podía dejar nunca de consentir a su pequeño hijo invitándolo a su bello hogar para complacer sus inmaduros gustos. Entonces, como increíble autora de libros – ¿de donde creyeron que venía la manía? – demostraba años de lectura recomendando y comentando novelas y cuentos del agrado de su niño.
Como no podía faltar, ese domingo el tema sería el ‘maravilloso’ – así calificado según Olivia –  libro “Mi Nombre”. Así fue que Mariano fue encaprichándose con un libro todavía no publicado y fue al final, cuando ya estaba decidido a leerlo, que descubrió quien era la autora. Liliana Marta Rodríguez.
Pastafrola en boca, el pobre editor terminó ahogando un fritito. Hacia varios días – desde el jueves – que no recordaba a la anciana. Y fue así que comenzó todo. Las ruedas giraron –las del destino, no otras. U Mariano no pudo quitar esa novela de su mente.
Tres jueves pasaron y Mariano moría por acercarse y pedirle que le dejase leer sus invenciones. “Todavía no” se convencía y simplemente saludaba. Fue el cuatro viernes, reciñen ese día, cuando el joven se acercó a la dulce dama – a su vieja puerta – y llamó. De dulce no tuvo nada.
Con ronca voz la anciana demandó una razón para ser molestada a esas altas horas de la tarde – las cuatro. Aún luego Mariano, apacible, mantuvo una duradera y extraña conversación en el pórtico de la dama.
Que sí, que no. Que eres muy joven. Que lees mucho. Que eres un niñato insolente. En fin, la senil mujer no estaba por prestarle el libro a Mariano. Mil y una horas parecieron pasar pero el joven concluyó vencedor en aquella épica lucha.
El libro lo deslumbró. Suspenso, llantos, risas. Lo tenía todo. Mariano fue feliz durante toda esa noche. Sus sueños fueron dulces. No pudo evitar a la mañana siguiente convencer a su editorial de publicar semejante ejemplar. En la tarde, completamente irradiado de felicidad, llegó a la casa de la anciana y le ordenó una secuela, pero la mujer nunca pudo completar semejante pedido.
El funeral se llevó a cabo una semana después.