martes, 29 de noviembre de 2011
Culminar
Las dos caras del romance
Era un día soleado como cualquier otro, nada especial. Tenía que encontrarme con mi novia, Jane, esa misma tarde, así que decidí salir unas horas antes para fumar un rato. A Jane no le gusta, pero no voy a dejarlo por ella. Así que fumo cuando ella no está para que no empiece a quejarse, odio eso. En cuanto empieza a hablar, nunca termina. No la soporto, pero tiene un cuerpo que deja sin palabras, que es lo que me mantiene atado a ella. Nada más.
No hay viento, a pesar de que es noviembre. Se puede sentir como el verano se acerca a Mar del Plata, una ciudad turística. Está llena de gente extranjera y casi era imposible caminar, sobre todo en la Avenida Independencia.
Me quedo en una esquina parado en frente a una librería cerrada. Termino el cigarrillo y enseguida prendo otro. Estoy así hasta que termino el paquete y camino unas cuadras para comprar otro. Ya sé, soy un adicto.
Cuando vuelvo a fijarme la hora, ya estaba llegando diez minutos tarde, y como no quiero escucharla quejarse hasta la noche, comienzo a correr hacia su casa. Desgraciadamente, tengo mala suerte y todos los semáforos se ponen en rojo cada vez que yo necesito cruzar.
Al principio tengo paciencia, y espero a que se pongan en verde, pero no duro mucho antes de que me canse y empiece a correr sin importar los semáforos o los autos que me pudieran atropellar.
No sé qué va a pasar en estos momentos, pero pasó. Un camión dobla en una esquina y me atropelló. Todo se nubla de repente y, cuando abrí los ojos, estoy en una habitación con paredes blancas y una pequeña luz de fondo, llego a la conclusión de que me encuentro en un hospital.
Me asusto y sobresalto hasta el punto en que casi me caigo de aquella cama extraña. Tengo cables en todos lados, una máquina que capta mis latidos y un respirador que lanza un aire frio hacia mi nariz y boca.
Pasan unos minutos y todo sigue igual, solo que yo estoy más tranquilo, ya que pude superar la muerte, porque aún estoy vivo.
Comienzo a divagar con la mirada por la habitación. Es una típica habitación de hospital con una cama vacía al otro lado de esta, una mesa al lado y las paredes blancas, el piso y las sabanas igual. Las mesas, blancas, todo blanco, sinceramente comienzo a marearme.
Cierro los ojos por un momento; no sé si me quedo dormido o no, pero cuando vuelvo a abrirlos, algo en la habitación cambia. Sentada en frente mío estaba ella, Jane. Tiene un traje de enfermera, parece que se disfrazó para poder entrar a la habitación.
No pronuncia palabra, se para y fue hasta la máquina que me daba aire y la desconecta. De repente dejo de respirar, ya no puedo.
Se dibuja una sonrisa en su rostro, al mismo tiempo en que abre un hueco en mi pecho. Realmente quiere matarme. Quise llamarla, pero no puedo pronunciar ninguna palabra:
-“Jane… Jane…- lo único que sale de mi boca fue casi un susurro casi neutro. En mi mente, estoy gritando.
De pronto, no siento más dolor, no siento nada más, solo la morfina que corre por mis venas. Mi vista comienza a nublarse, lo último que veo fue a Jane parada en frente de mi con una sonrisa de satisfacción en su rostro.
Ahora sí, estoy listo para caer en un sueño profundo del que nunca creo volver a despertar.
Según ella:
Todo estaba planeado. El camionero doblaría la esquina cuando yo lo viera a él venir corriendo por Independencia, camino a mi casa. Lo llamaría y terminaría con la estúpida vida de ese miserable. Él era un cornudo que lo único que le interesaba era aprovecharse de las mujeres como si fuéramos objetos sin valor y luego, se encargada de rompernos bien el corazón.
Mi nombre es Jane y el él tan misterioso es mi supuesto novio Jake. El día en que me propuso ser su novia, fue el más feliz de mi vida. Habíamos acordado de encontrarnos en la plaza. Yo hacía poco tiempo que lo había visto pero había quedado enamorada completamente de él. Por lo que se ve, le interesé y me pidió que nos viéramos en el parque a eso de las seis de la tarde. Yo fui con ropa media atrevida, porque una de mis mejores amigas había sido su novia, y me dijo que a Jake le gustaban las cosas atrevidas.
Cuando llegué a la plaza, él me preguntó si quería ser su novia, y yo, que no soy de las que se hacen rogar, le dije que sí. No sabía que iba a ser el peor error de mi vida. Los primeros que salimos juntos, me sentí re feliz. Jake me daba todo lo que yo quería a cambio de mis encantos. Pero hace unas semanas atrás, él cambió. Ya no era el de siempre. Se mostraba más cortante. Ya no era el mismo. Una noche que se iba de mi casa temprano (raro de él), mi cerebro pensó con rapidez, y lo seguí. No se dirigía a su casa, como me había dicho, sino a otro lado desconocido. Se fumó un paquete completo de cigarrillos (odio que haga eso). Se frenó en una casa que no conocía y tocó el timbre. Bajo un par de escalones, se acomodó el pelo, y de la puerta salió un hermosa mujer de unos veinte años, tenía ceñido al cuerpo una blusa color azul y una mini-falda color blanca. Sus zapatos eran unos tacos de punta de unos 12 cm. Ni bien lo vio, se le tiró en los brazos, y él la beso como nunca me había besado a mí. Yo no lo podía creer. Salí corriendo de mi escondite sin que me vieran.
Al día siguiente, vino a mi casa y estaba más feliz. Yo intenté disimular mi enojo y seguirle la corriente. Esa noche no sé por qué lo volví a seguir, pero no fue a la casa de la noche anterior, sino que a otra, y paso exactamente lo mismo.
Las noches siguientes el hacía la misma rutina, me veía a mí y después se turnaba con una de las cinco chicas que yo había conocido las noches anteriores.
Volviendo a donde empecé, me encontraba en la parada de autobuses, esperando la llegada de Jake. Cuando lo vi acercarse corriendo por la vereda dos cuadras de donde yo estaba. Llamé al camionero y le dije que comenzara a andar. Mis cálculos son perfectos y cuando el camión se disponía a cruzar, Jake cruzó. El camión lo partió a la mitad. Gritó con mucho dolor. Yo me hice la desesperada y corrí hacia él. Llamé a una ambulancia amiga y nos llevaron al hospital. En él, un contacto mío me dejó pasar al hospital disfrazada de enfermera. Todas estas personas me ayudaron porque les conmovió la historia, y no podían soportar que un cretino como ese anduviera seduciendo e engañando a las chicas como si fueran solo pedazos de papel.
Yo entré al hospital, y me disfracé de enfermera. Un médico amigo me explicó como matarlo. Primero debía cortar sus conductos de aire, desconectando el aparato color azul. Luego debería conectarle a unos de los cables que tenía, la droga que lo haría despedirse de su vida.
Me puse mi disfraz y salí rumbo a su habitación. Cuando llegué estaba inconsciente, así que lo esperé. Luego de tres cuartos de hora, recobró el sentido, por lo que se ve, el camión lo golpeó muy fuerte. Luego de observar que me reconoció me dirigí hacia su respirador automático. Desconecté sus cables y, noté como sus ojos pedían a gritos que le volviera a conectar el aparato. No lo hice. Le inyecté la droga, y poco a poco la morfina hizo su efecto. Lentamente vi despedir la vida de sus ojos. Ese fue el final de Jake y de mi venganza.
jueves, 10 de noviembre de 2011
Elecciones
¿Qué soy?
- Si tan solo la profesora que tan amablemente le pide a los alumnos sentarse, no lo hiciera porque no me gusta que a la primera hora de la mañana pasen por encima de mi, que apoyen sus mochilas o sus cuerpos como pesadas rocas sobre mi. No tengo descanso hasta el recreo cuando victoria se levanta y se va. Pero es horrible ser aplastada todo el tiempo y mis hermanas… pobrecitas de ellas, no tienen el mismo trato que yo, a ellas incluso las pisan.
- Hoy fue muy extraño, Florencia me saco de mi casita, oscura y rota donde he estado guardado desde hacia mucho tiempo, me agarro con la mano derecha y me coloco sobre sus ojos como lo hacia en los viejos tiempos. Me enseñó mucho, lo que hacia en lengua y matemáticas pero lo mejor fue que me enseñó a sus amigas que le dieron un consejo para que yo me viera mejor sobre su rostro, solo que al sonar una campanada ella me vuelve a guardar en mi linda y cómoda cajita donde esperaré hasta el día en que le duelan los ojos de tanto leer y necesite mi ayuda.
Instrucciones para dormir.
Carta a la maestra
¿como se llaman? ¿Donde vivís? Pásame todos los datos y, claro, el día así me organizo.
Terminamos
mamarracho
martes, 8 de noviembre de 2011
¿Y yo dónde estoy?
¿Y yo dónde estoy?
Me desperté en la azotea del hotel. El broche que me cayó en la cabeza había terminado con mis nítidos sueños. Estaba disfrazado de hawaiana. Me levanté desconcertado y vi un bulto en mi bolsillo. Encontré una lapicera de los años cincuenta. No sabía qué hacía allí, pero lo que más me sorprendió fue el cielo verde. ¿Qué hacía yo allí? o mejor ¿Dónde estaba? La luna y el sol se encontraban uno encima del otro y los edificios estaban sobre calles azules. El pasto era azul con manchas blancas y, en el horizonte, el césped se volvía negro.
De los edificios vi salir a mujeres con pantalones cortos, remeras largas y viseras; y a los hombres de pollera y camisolas, algunos hasta con sandalias.
Yo definitivamente NO entendía nada.
Me dirigí hacia la salida del hotel. Las cosas se seguían tornando raras. Al empezar a bajar las escaleras, me di cuenta que me acercaba cada vez más al cielo verde. ¿Qué pasaba en este mundo? Una pequeña parte de mi cerebro que todavía no se había perdido en la locura, comenzó a pensar, y reflexionó con la idea de que tal vez estaba todo al revés. Y eso, al fin, tuvo sentido. Por eso el pasto era azul con manchas blancas y negro al fondo, y por eso el cielo era verde.
Pensando todo al revés, si bajaba las escaleras y mi cuerpo ascendía, entonces tenía que subir para bajar. Y entonces comencé a caminar hacia arriba. Funcionó. Comencé a bajar. El edificio tenía ocho pisos. En primer piso encontré abierto uno de los diez departamentos que había allí. En él había un matrimonio. Ella se encontraba tirada en el sillón, con los zapatos en el suelo y sus pies en una mesita ratona, gritándole a su esposo. Ella estaba mirando un desfile de Carolina Herrera o algo así. Me encaminé dentro del departamento y, al llegar a la cocina, vi al hombre con un delantal. Estaba cocinando un estupendo pavo relleno. Mientras hacía eso, estaba dándole de comer a un bebé. Aterrado, salí corriendo por la puerta por donde había entrado, y me dirigí escaleras arriba.
Al llegar al quinto piso, me detuve a descansar. Aventuré a entrar a otro departamento. Entré a que tenía en frente. En el vi algo mucho más extraño todavía. Observé a un pájaro, que había logrado escapar de su jaula, persiguiendo a un gato. Eso no podía pasar. Al pajarito se le sumó un ratón. El gato, aterrado, corrió a esconderse en una caja. Cuando logró despistar a sus perseguidores, suspiró relajado. Pero de pronto, se le erizó en pelaje de su cuerpo. Yo no me había percatado, que en un rincón del departamento, había un perro, agazapado. Cuando el gato, lo localizó, saltó hacia él, y comenzó a perseguirlo. El pájaro y el ratón, al escuchar ruidos, salieron en busca de su perseguido. En cuestión, el pájaro y el ratón perseguían al gato; éste, aterrado y, apurado en atrapar a su presa, corría al perro, y este último, apuraba el paso por su pellejo.
Cerré la puerta y, con miedo a terminar loco de remate, corrí escaleras arriba para salir de allí. Al llegar al octavo piso, corrí hacia la puerta y salí hacia las calles azules. Quería salir de ese mundo extraño. Quería termina con la locura que había en ese mundo loco. Miré la dirección del hotel. Era Mendoza al 1234. Era la dirección de edificio donde yo vivía en MI mundo. Pensé, si la dirección era la misma, no será que las personas que vivían en el otro mundo estaban allí. Decidido, fui caminando hasta donde vivía mi mejor amigo, Jasper. Éramos amigos desde que teníamos conciencia de la realidad. Estudiábamos juntos en Buenos Aires, hacía tres años. Él vivía con sus tíos en una mansión de Puerto Maderos. Caminé, con miedo a tomar un taxi o el subte, y a las dos horas, llegué a la casa de mi mejor amigo.
En el camino me crucé a varones vestidos como yo, y a mujeres jugando al futbol como si fueran Messi, o Agüero. Me atrasé mirando como jugaban, hasta que me percaté de algo que me llamó la atención. No era de día como yo pensaba. Sino que era una hora bien entrada la noche. El sol no estaba, y todo estaba iluminado por luces. Mi cabeza se puso a pensar si no era que el día también estaba invertido. Yo me quería ir de allí. Quería terminar con eso de una vez.
Corrí en dirección a lo de amigo, y al llegar, me lo choqué. Él se me quedó mirando hasta que me conoció, pero lo noté tan confundido como yo. Los dos estábamos vestidos iguales, aunque su collar de flores era violeta y el mío rosa. Antes de que yo le pudiera decir algo, me dice:
“Jake, no entiendo nada. Me desperté en mi cama y estaba vestido así. En el bolsillo tenía un papel para escribir. Me quise cambiar porque no pensaba salir así a la calle. Al abrir mi ropero, encontré polleras, blusas, camisolas, sandalias. Sobre mi cómoda había maquillaje. Salí corriendo, porque el cajón de la ropa interior no lo pensaba abrir. Mis mascotas estaban todas locas. En las escaleras, bajaba, pero subía. Una locura, pensé que me estaba volviendo loco, por lo que decidí ir a buscarte para ver si me podías ayudar. Pero por lo que se ve vos también tuviste tus problemas.”
Me lo quedé mirando. Algo de lo que había dicho seguía resonando en mi cabeza. Él había dicho: “…en el bolsillo tenía un papel para escribir…” yo tenía una lapicera. Tenían algo que ver estas piezas. Las acercamos y vimos que todos en la mansión volvían a sus roles. Las mujeres cocinaban, los hombres miraban la tele. Le conté mi hipótesis y le resultó convincente. Nos pusimos a pensar y se nos ocurrió que, la noche anterior, habíamos salido con unos amigos a cenar. Si nosotros dos no entendíamos tal vez nuestros dos amigos tampoco.
Fuimos primero a ver a Ezequiel. Este era el más loco de los cuatro. Era rubio de ojos verdes y muy solicitado por las chicas. Vivía en Palermo. Nos encaminamos hacia allí a paso rápido, con miedo a que se le ocurriera irse y no lo pudiéramos encontrar. Al llegar a su casa, el loco se encontraba en su balcón con una mini falda de jean y un top bien apretado, cantando a todo pulmón. Nos echamos a reír y, cuando nos vio nos hizo un gesto para que subiéramos. Al llegar a su casa, encontramos su traje de hawaiana tirado en el piso. Lo saludamos, le contamos como estaba la cosa (lo cual le gustó mucho), y nos pusimos a revisar sus bolsillos. En ellos encontramos una pizarra con un sujeta-papeles y una porta-lapicera. Enganchamos las tres cosas y vimos como todo el edificio volvía a la normalidad, pero no solo el edificio sino toda la cuadra.
Llegamos a la conclusión de que si juntábamos los cuatro objetos, terminaríamos volviendo a la normalidad. Fuimos a buscar al último del grupo. Este era el más tímido de los cuatro. Era el traga del grupo. Era el mejor promedio de su facultad, y ya se había adelantado un par de años en ella. Él se llamaba Kevin.
Kevin vivía en Lomas de Zamora. Corrimos rumbo a él. En el camino, la “magia” de los objetos volvía a la realidad todas las cosas. Al llegar, Kevin tenía puestas sus ropas normales, pero estaba serio, con su entrecejo fruncido, como siempre lo estaba cada vez que no entendía algo. Cuando nos vio llegar, escucho atentamente lo que nos había pasado, y las conclusiones a las que habíamos llegado. Las evaluó durante unos momentos, y sacó de su traje de hawaiana un trozo de papel que tenía escritos unas palabras. Kevin dijo:
“No son palabras, son letras desordenadas. Mientras pensaba las ordené y se forman tres palabras: revolmos quealaver dadalire. Es un juego de sílabas, y si las reacomodas forman: queremos volver a la realidad. Por los objetos que han encontrado, me parece que tenemos que escribir las sílabas reordenadas en el papel de Jasper con la lapicera de Jake sobre el portapapeles de Ezequiel.”
Todos nos lo quedamos mirando con la boca abierta. Había logrado descifrarlo. Yo agarre la lapicera y, con las indicaciones de Kevin, me puse a escribir las palabras. Lo que ocurrió después no lo recuerdo bien. Del papel, salió un rayo de luz que nos cegó a los cuatro y, cuando volvimos en sí nos encontrábamos en el departamento de Kevin, tirados en el piso. Nos levantamos y vimos que los objetos no se encontraban. Estábamos en el medio de la noche silenciosa. Nos encontrábamos con nuestras ropas y, a la mañana siguiente todos estaban vestidos igual, con sus roles de la vida cotidiana: si bajabas las escaleras ibas para abajo no para arriba, el gato perseguía al ratón y al pájaro y era perseguido por el perro.
Todavía, luego de 5 años, nos preguntamos si pasó en realidad o si fue un sueño.
El pozo tapado
El pozo tapado
Lukas y Leah. Eso era lo único que en mi casa se pensaba. Leah era mi hermana mayor y Lukas, su insoportable novio. Tenía 19 años y se conocieron en segundo año de secundaria. Las cosas dieron para bien y a finales de ciclo, él se le había declarado.
Los años pasaron y ellos siguieron juntos. Yo tengo 15 años. Mi nombre es Seth. Mi relación con mi hermana era perfecta. Ambos nos llevábamos súper bien y salíamos a todos lados. Ella me ayudaba a estudiar y yo en lo que podía, que, generalmente, eran las sucesivas peleas con Lukas. Ella y él se peleaban constantemente y eso a mí me enfurecía. Ella era mi hermana, no podía permitir que la lastimaran, y menos ese tonto.
Yo le había plateado varias veces que lo dejara, que lo tirara en la calle, que se olvidara de él porque la estaba lastimando; pero la tonta de ella, me decía que era pasajero (mientras me bañaba en lágrimas) y a los dos días, ella lo perdonaba y seguían juntos.
Mi madre decía que no podía interponerme entre ellos porque llevaban mucho tiempo juntos y que “tenían historia”. Mi padre, no se metía. En realidad no se metía en nada que tuviera que ver con nosotros, ya que lo veíamos pocas veces al año. Viajaba continuamente, por razones del trabajo, y las escasas veces que lo veíamos, se la pasaba o bien mirando la televisión o bien leyendo el diario. Yo no lo tenía nada de aprecio.
Los días seguían pasando y mi hermana seguía con ese tonto. Un día, que la estaba consolando, le dije que no le iba a permitir a ese mamotreto que la siguiera lastimando, así que, o terminaba con él o yo la echaba de la casa. Eso no era posible, pero en el momento sonó correcto.
Ella lo pensó y, para mi asombro, me dijo que ya lo venía analizando y que, en ese mismo momento, iba a ir a lo de Lukas para terminar definitivamente con él. Le pregunté si necesitaba que la acompañara, por las dudas; ella me dijo que, aunque parecía una endeble, se las podía arreglar con eso.
La fui a despedir a la puerta, y me dijo que cuando regresara sería una persona más libre. Por mala suerte para mí, eso nunca ocurriría.
Se hicieron las ocho de la noche y mi hermana no había vuelto. Yo cada vez estaba más nervioso, mi mama había salido con unas amigas a cenar y yo estaba solo en casa. Papá, como siempre, de viaje. Se hicieron las once, y me desesperé. Llame al celular de mi mamá para decirle que Leah no volvía de lo de Lukas. Mi madre también se puso nerviosa y, en diez minutos estaba en la puerta de casa. Los dos fuimos a la casa de Lukas. Al bajar, vimos un bulto y una figura parada en el porche de la casa. Mi mamá sofocó un grito y corrió hacia allí. El bulto no era otro que el cuerpo sin vida de mi hermana. La figura altanera, era Lukas, con los ojos desorbitados y un cuchillo ensangrentado en la otra. Yo no lo podía creer.
Mi mamá lloraba sobre el cuerpo ensangrentado de Leah y yo, no tuve mejor idea que salir a hacerle frente a Lukas. Le dije que era un demente, y que en ese mismo instante iba a llamar a la policía para que lo vinieran a arrestar y encerrarlo de por vida, por homicidio de una persona inocente. El chico estaba fuera de sus cabales y me dijo: “Vos no vas a decir nada, nene. Su algo de esto sale a luz, ya sea por tu mamá o vos, van a correr la misma suerte que esta” señaló a Leah. Yo me callé la boca, y me lleve a mi madre hacia el auto. La encerré en él y le dije a Lukas que desapareciera porque estaba por llamar a la ambulancia, les diría que había sido un accidente, que se había tropezado en el balcón de tu casa. Seríamos primos para la policía. El quedo conforme, y se puso a fingir que sufría por la víctima, para que nuestra coartada tuviera sentido. Minutos después llegó la ambulancia y se llevó a mi hermana. Al día siguiente la velamos y la enterramos en el cementerio Las Rosas.
Meses después, yo no tenía idea de la vida de Lukas. Con mamá llevábamos una vida triste, pero normal. Papá no había ni siquiera aparecido en el funeral, por lo que mi madre lo hecho de casa. Fueron unos meses muy oscuros hasta que paso lo que tenía que pasar.
Ocurrió una noche mientras volvía de la casa de unos amigos. Estaba caminando por la plaza municipal del pueblo cuando la vi. Estaba sentada en las hamacas. Ella. Hacía tres meses que no la veía. No era ella, en carne y hueso, sino su espíritu. Mi hermana, Leah, delante de mis ojos. Me los refregué, porque no lo podía creer, pero ella, con su tono de voz dulce de siempre me dijo:
“Seth, no te asustes soy yo. No pude presentarme antes, porque no te quería causar algún shock, después de lo de papá. Te cuento, estoy viviendo una vida buena y bastante llevadera; no sufro, pero los extraño. Ese maldito de Lukas, al escucharme decir que quería terminar con él, se puso como loco, se dirigió hacia la cocina y, con un cuchillo en alto, dijo que no lo podía dejar, que era irrelevante. No importó lo que le dije para calmarlo, el siguió diciendo malas palabras e insultos, hasta que, en un visto y no visto, yo dejé de respirar, dejó de latir mi corazón, dejé de vivir. En estos tres meses he planeado una venganza, pero para eso necesito tu ayuda. Necesito que mañana a la noche lleves a Lukas al cementerio. Dile que quieres ver mi tumba, entonces yo haré una especie de ruidos. Fingirás que te has asustado y saldrás corriendo directo hacia casa. Yo me encargaré del resto y pasado mañana a esta hora nos veremos aquí. Entonces te contaré el futuro que le depara a Lukas. Nos vemos hermanito. Te quiero”.
Y diciendo esto, mi hermana desapareció entre las tinieblas de la noche.
A la tarde del día siguiente, fui a la casa de Lukas; este se sorprendió al verme, pero al contarle mis propósitos, y, a regañadientes, acepto a venir conmigo al cementerio. Se hicieron las siete y ya todo estaba oscuro. En la entrada del cementerio, me dijo que no me hiciera encima. Yo le dije que no tenía miedo y, para mis adentros pensé, pero pronto vos si lo vas a tener. Cuando casi habíamos arribado a la tumba de Leah se escuchó un fuerte ulular de lechuzas y un aullido de lobo. Tomando eso como mi señal, salí disparado hacia la entrada del cementerio, dejando a Lukas solo al lado de la tumba de la difunta.
Desobedecí a mi hermana y me escondí atrás de un arbusto donde podía ver perfectamente lo que pasaba. Lukas miraba un punto fijo y parecía estar petrificado. Lentamente, pude ver como el miedo se apoderaba de él. No era el chico de siempre, el terror hizo que demuestre que lo que veíamos todos los días de él, era sólo una máscara de “chico fuerte y malo que había asesinado a su novia.”
Comenzó a mirar para dos lados y, al escuchar otros ruidos que venían de la otra dirección donde estaba yo, se puso pálido. Él dijo:
-“Seth, frena ya con la broma, sal de ahí.” Él miraba a un árbol. En ese momento yo lo tenía de espaldas, y fue cuando alguien lo empujó brevemente para atrás y cayó al piso, dejándome ver como sus ojos rebozaban de miedo.
Allí fue cuando Leah apareció, con un hermoso vestido blanco que deseaba ser cubierto de sangre de su antiguo amor.
Se paró en frente de Lukas y lo observó fríamente, antes de que él corriera hacia la entrada del cementerio, hacía unos minutos.
Se frenó frente a un árbol, donde la luna lo iluminaba perfectamente. Con un simple movimiento, mi hermana se acercó hacia él. Lukas, asustado, retrocedió y se dio su brazo contra el árbol dejando correr las primeras gotas de sangre. Leah se fue aproximando lentamente hasta el punto de que su ex escucharía perfectamente su respiración, aunque no podía, ya que, al fin y al cabo, estaba muerta. Lo golpeó reiteradas veces contra el árbol y luego lo empujó al piso, dándole unos segundos para respirar.
Lukas cayó de cara y ni hizo ningún movimiento mientras estaba en el suelo. Leah lo pateó y pisó hasta que él lanzó un grito desesperado de ayuda, que fue cuando ella lo “dejó escapar”, aunque todos, menos Lukas, sabíamos que esto no había terminado.
Dejó que se alejara un poco y luego lo siguió; tratando de hacer el mínimo ruido posible y de que Leah no me viera, hice lo mismo. Los tres terminamos cerca de un río, un lugar aún más desierto y con pocos árboles, así que tuve que esconderme en un lugar bastante alejado de donde estaban Leah y Lukas. Él se fue aproximando al torrente de agua, mientras mi hermana lo seguía a unos pocos metros. Lo que pasó luego no pude entenderlo exactamente, pero vi que Leah sacaba algo de su bolsillo y se acercaba a Lukas. Intrigado por lo que pasaba, salí de mi escondite para acercarme un poco más a la escena, pero igual quedé detrás de mi hermana que me impedía ver a Lukas. Cuando quise moverme, él empezó a gritar de dolor, al mismo tiempo que el río comenzaba a tornarse rojo.
Leah lo levantó y pude ver su cara como sangraba y los cortes que había hecho mi hermana sobre él. Lo tiró y cayó cerca de donde yo estaba. Al principio temía que me viera, pero rápidamente noté que tenía los ojos cerrados. La sangre brotaba, manchándole el rostro, y convertía el pasto y todo alrededor de Lukas de un color rojo intenso.
Leah se aproximó a lo que ya parecía un cadáver, pálida, pero con una sonrisa de venganza dibujada en su cara y su vestido manchado de sangre.
Se sentó al lado de él y acercó un vidrio a su brazo, apoyando suavemente el filo y cortándolo hasta que lanzó un grito, no estaba muerto. Leah parecía disfrutar ese dolor y ver la sangre brotando del brazo y manchando su vestido blanco, tal como ella quería. Desesperado, Lukas golpeó el piso, tratando de no mover el brazo ya que solo iba a producirse más dolor. Leah sonrió. Esa sonrisa malvada solo indicaba que iba a hacer algo peor que todo lo anterior.
Clavó ese vidrio en el pecho de Lukas, justo donde estaba su corazón; éste no tuvo tiempo de al menos, gritar. Repitió la acción varias veces y, antes de que Lukas diera sus últimos respiros, posó su mano sobre el hueco de su pecho y sacó, con poca delicadeza, el corazón de su antiguo amado.
La sangre salpicaba a todos lados y su cara se llenó de ella y de alegría. El corazón seguía latiendo aun en su mano, cada vez más lento.
Ninguno de los dos estábamos seguros de sí ya estaba muerto, aun así Leah agarró a Lukas de los pelos y lo arrastró hasta el otro lado del río, dejando que las ramas siguieran lastimando su espalda y piernas. Leah tenía el cadáver en la mano derecha y el corazón en la izquierda. La seguí a unos metros de distancia tratando de que no me escuchara, aunque seguramente lo hizo de todas formas.
Al llegar empezó a hacer un pozo con sus propias manos, dejando a Lukas y su corazón al lado de ellas. Él, extrañamente, seguía respirando. En silencio, Leah dejó a Lukas en el pozo y comenzó a enterrarlo. Lo tapó por completo, menos la cara. Él abrió los ojos de repente, al mismo tiempo en el que Leah dibujaba una sonrisa de satisfacción.
Lukas intentó decir algo, pero Leah apretó su corazón, haciendo que la sangre manchara la cara de él, y que finalmente dejara de latir.
Al final, mi hermana me escuchó y tuve que salir de los arbustos. No dijimos nada; Leah me sonrió y desapareció, dejándome a mí y a la luna como testigos de lo que había pasado. Esa tarde me enteraría de lo que le pasaría al alma de Lukas. Por mí que se pudriera en el infierno.