Esto es un blog, o no. Esto es un rincón. Este es un recoveco donde decidimos mostrar o esconder palabras. Palabras que salieron de la timidez de Florencia, la suavidad de Julieta o el huracán arrollador de Paz y Juliana. Palabras, al fin, que cada viernes inventamos, compartimos, tachamos y volvimos a escribir. Esto fue un taller... o quizás es otra historia que comienza.

domingo, 2 de octubre de 2011

Submarino Horchata

Mariano Tristán Camargo. Loco de la lectura. La frase “presa de la literatura” le quedaba corta. Poemas, ensayos, narraciones. No había libro, corto, largo o compartido, cuyas páginas sus ojos no hubiesen explorado – al menos no hasta que Liliana Marta Rodríguez se puso firmemente en la silla de su living y comenzó a escribir.
Liliana Marta era una pobre anciana de noventa y cinco años de edad. Pasaba sus tardes de los jueves tranquila, en su pórtico, tomando un mate, o a veces un té. Todas las tardes sin falta pasaba Mariano con un libro nuevo – el cual devoraría esa mismísima noche.
Treinta y dos nunca podría haber sido su edad correcta, salvo que lo era. Un metro cincuenta, alrededor, eso era todo lo que se cuerpo le proporcionaba para ostentar.
Como no podía faltar, Mariano era editor. De eso trabajaba. Mañana, tarde y  noche los libros ocupaban su vida. Claro está que un personaje peculiar no ha de tener otra cosa que un trabajo particular. Como cualquier editor, éste tiene una sección de la que se ocupa, y como ya habíamos expuesto Mariano no podría haber tenido mejor sección que la infantil.
En eso era bueno, y no cabía la menor duda, pero su estatura y sus facciones juveniles no lograban distinguirlo de un grupo de muchachos adolescentes. Claramente había heredado una longevidad ancestral por su parte materna. Su madre – porque su padre había muerto a sus cincuenta, clavados – todavía, ella, en sus cincuenta y tres no poseía una sola arruga en su agraciado y terso rostro.
Tristán, todas las mañanas, en su afán por aparentar la mayoría de edad, peinaba sus cabellos, colocaba sus – falsos – anteojos de grueso marco negro sobre su nariz y una desajustada corbata – porque de ajustarla conseguía en efecto contrario – bordeando por debajo del cuello de su camisa. Claro está que todo esto ocurría en el baño. Él frente al lavabo, y al espejo, sobre su pequeño pedestal – el cual le permitía ver su reflexión. Nunca faltaba su pequeño par de zapatos, y la pequeña plataforma incorporada – ni los cinco centímetros de una masa uniforme, mejor conocida como taco, o tacón. Los nunca faltantes pantalones largos lo cubrían todo.
Entonces sí, todo listo, Mariano se sentaba a disfrutar – además de una buena taza de chocolate caliente – de aquellos manuscritos con los que trabajaría por el resto de la mañana. El sagrado chocolatín de media mañana lo compraba sin falta en el quiosco de su esquina, camino a su trabajo. Una vez en su oficina, cual dictador, ordenaba de aquí para allá a sus subordinados – ya que su trabajo no podía constar de otro que ser editor en jefe – y atormentaba telefónicamente a los pobres escritores con sus fechas límites. Más de una alabanza recibían de entregarlo todo a tiempo.
Los subordinados nunca cuestionaban, pero siempre encontraban bizarro, el chocolatín de ranita todas las medias mañanas. Ni hablar del almuerzo. Este constaba de una cargada ración de omelette diario, el cual siempre sorprendía con graciosísimas innovaciones de condimentos y extrañeces en su relleno. Al atardecer llegaba, sin falta, una buena medialuna de manteca con el siempre cercano espumante submarino caliente.

– ¿Por qué nunca se pide café? – preguntó una vez un ignorante nuevo editor.
–Es amargo respondió instantáneamente Mariano

Nunca más alguien cuestionó los gustos del editor en jefe, al menos no los de la sección infantil.

Una vez finalizada su chocolatada, Mariano daba por terminada su jornada laboral y guardaba sus cosas para regresar caminando hasta su dulce hogar. De camino pasaba por una librería de su preferencia y compraba cualquier libro estrictamente nuevo. Exceptuando los días jueves, cuando regresaba con nuevas publicaciones de su oficina. Así todas las tardes de los jueves Liliana contemplaba un inédito título sobre las rústicas y estridentes tapas de libros para niños.
¿Dónde guardará tanta cantidad de libros? se preguntarán. La casa de Mariano era bastante peculiar. Una casona vieja, enorme y bien cuidada era el hogar de nuestro protagonista – el cual había heredado una pequeña fortuna gracias a la difunta familia de su ya muerto padre. Para él no podía faltar una gran sala-biblioteca con toda una incontable colección de libros. Pronto inauguraría un segundo salón ya que el primero le estaba quedando corto. Entonces a la tardecita se sentaba en su sala favorita a leer su nuevo libro. Más adentrada la noche cenaba – ya leído su libro – y se preparaba para acostar. Pijama azul, a rayas multicolor, y un gran vaso de leche tibia lo terminaban de llevar a su recámara para pasar una comodísima noche de descanso.
A Mariano no le gustaba mucho su camino de regreso los días jueves, ya que nunca faltaba en el Liliana – su única vecina cascarrabias. No se llevaban exactamente mal, aunque no eran del todo amigos. Él nunca hubiese imaginado EL libro que su madre estaba a punto de recomendarle. La autora de semejante ejemplar no podía ser otra que Liliana Marta, y ésta no podría haber tenido mejor idea que pignorarle ese volumen a ella.
Absolutamente todos los domingos por la tarde los Camargo se reunían para disfrutar de un exquisito té con dulces facturas – o un chocolate caliente en el caso de Tristán. Como buena madre, Olivia Edit Barbosa – de Camargo –, no podía dejar nunca de consentir a su pequeño hijo invitándolo a su bello hogar para complacer sus inmaduros gustos. Entonces, como increíble autora de libros – ¿de donde creyeron que venía la manía? – demostraba años de lectura recomendando y comentando novelas y cuentos del agrado de su niño.
Como no podía faltar, ese domingo el tema sería el ‘maravilloso’ – así calificado según Olivia –  libro “Mi Nombre”. Así fue que Mariano fue encaprichándose con un libro todavía no publicado y fue al final, cuando ya estaba decidido a leerlo, que descubrió quien era la autora. Liliana Marta Rodríguez.
Pastafrola en boca, el pobre editor terminó ahogando un fritito. Hacia varios días – desde el jueves – que no recordaba a la anciana. Y fue así que comenzó todo. Las ruedas giraron –las del destino, no otras. U Mariano no pudo quitar esa novela de su mente.
Tres jueves pasaron y Mariano moría por acercarse y pedirle que le dejase leer sus invenciones. “Todavía no” se convencía y simplemente saludaba. Fue el cuatro viernes, reciñen ese día, cuando el joven se acercó a la dulce dama – a su vieja puerta – y llamó. De dulce no tuvo nada.
Con ronca voz la anciana demandó una razón para ser molestada a esas altas horas de la tarde – las cuatro. Aún luego Mariano, apacible, mantuvo una duradera y extraña conversación en el pórtico de la dama.
Que sí, que no. Que eres muy joven. Que lees mucho. Que eres un niñato insolente. En fin, la senil mujer no estaba por prestarle el libro a Mariano. Mil y una horas parecieron pasar pero el joven concluyó vencedor en aquella épica lucha.
El libro lo deslumbró. Suspenso, llantos, risas. Lo tenía todo. Mariano fue feliz durante toda esa noche. Sus sueños fueron dulces. No pudo evitar a la mañana siguiente convencer a su editorial de publicar semejante ejemplar. En la tarde, completamente irradiado de felicidad, llegó a la casa de la anciana y le ordenó una secuela, pero la mujer nunca pudo completar semejante pedido.
El funeral se llevó a cabo una semana después.

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