“Y sacrificó a sus hijos por el fuego en el valle de Ben–Hinom; practicó la adivinanza, la magia y la hechicería, estableció espiritistas y adivinos, haciendo mucho mal a los ojos de Yavé y provocando su cólera.”
2 Crónicas 33:6
Para Tomás Domenech.
La fecha no es importante ¿Verdad?
La vida no fue la misma después de Haumea. Lamento tener que informar que Kalisto regresó a Ganímedes con su clan, y creo que Mirene la volvió a aceptar como cuñada aunque probablemente Leo no la deseó precipitadamente. Fue entonces Milena quien me acompaño durante un tiempo corto y nunca más volví a verla.
Lamento que hayas debido marcharte tan repentinamente, aunque entiendo tus razones. Realmente siento en carne propia el dolor que fue tuyo durante esa lamentable estadía (aunque deberás admitir que el hielo de aquel lugar no era del todo malo).
Para cuando leas estos párrafos hará tiempo desde que haya llegado a las playas de Nérona. Si deseas y tienes tiempo, visítame. Yo sé que ya has encontrado el camino para llegar.
Javik.
Restos del diario de Javik VogNohj encontrados en los asteroides cercanos a Ceres.
1º de Crísole del calendario Makemakino, Ceres.
A quien lea estos pasajes.
Júpiter.
Los satélites, hermosos. La vista del cielo estrellado, hermosa. El planeta en si, helado. No hay mucho para hacer, aunque no lo creas. La única es el café Shoemaker–levy9 y las cazas de Kreky.
Curiosamente allí comenzó todo. Bueno, solo una parte. Otro dato, el nombre del planeta proviene de mi padre. Sí, Júpiter, el rey de los cielos -ese que usa los rayos como arma de fuego-. Quizás haz de conocerlo por el nombre de “Zeus” o “Nero”, si provienes de Kandeler.
Entonces, esta historia comenzó en Júpiter. Una tarde, como muchas otras tardes -si se puede decir que en Júpiter existen los días-, yo estaba tomando un “Deker Dive” en el único café-gasolinera y de repente él se sentó justo enfrente, sin previo aviso como un Ofio. Simplemente usurpó la silla de mi mesa y se sentó para compartir una bebida. Claramente yo, no dije nada. No había nada para decir, en Júpiter no hay reglas no leyes que prohíban hacer algo, nada, y también simplemente por el hecho de que no me molestaba su prescencia. Casi parecía humano, terrícola, como yo, excepto por sus ojos jade.
Al igual que los felinos, nuestros ojos, los de nuestra clase, poseen un iris muy especial. Pupilas rasgadas se podría decir. Felinuz Latik. Dependerá de quién en particular o su familia. En su caso, un bronceado casi natural y cabellos canela lo acompañaban. Repito, su apariencia era casi humana, de no ser por esos ojos jade que parecían capaces de penetrar la más sólida oscuridad.
Y fue así de la nada, en la nada – ya que eso es Júpiter, el mismísimo gas en su estado más puro –, que nos conocimos Tomás Domenech y yo. Claro está que su nombre no lo sabría hasta meses después.
Javik.
Quinto día del equinoccio Érino.
Me disculpo por no haber continuado. Fue Domenech quien confirmó mis miedos, mis miedos sobre los de mi especie. Mi madre, la cual no tuve el placer de llegar a conocer bien, murió poco después de mi nacimiento. Mi padre, desinteresado con respecto a mi futuro, me hizo llegar una forma de subsistencia, un tutor – el cual obviamente me abandonó luego de enseñarme todo cuanto creyó necesario. No me pondré a divagar sobre acciones tan pasadas que siquiera yo recuerdo. Solo una frase suya se grabó en sangre y huesos:
“No busques a los de tu estirpe de no creerlo absoluta e irrefutablemente necesario” me había dicho éste.
No es que hubiese un vínculo con mi progenitora o su poco interesada familia, pero sí estaban esos ojos, felinos y penetrantes de mi madre, quien poco hizo para merecer ese título. Esa mirada tan animal e irracional que perforaba mi alma. Unos ojos azules, intensos, que realmente iluminaban una habitación por sus fuerzas asesinas, los cuales heredé (no por gusto claramente).
En teoría yo nunca entraría en contacto con aquellos como yo –en teoría. Domenech no fue el primero, ni tampoco el último, pero sí el más interesante de todos los casos. Su padre había sido como mi madre, solo que menos salvaje. Se había enamorado de la Tierra y de una humana, Nina Domenech – así como suena, era la madre de Tomás. Como sea la cosa, Domenech creció con su madre -en la tierra- y un padre que poco lo visitaba -solo para cumpleaños y fechas conmemorativas-. No había odio en su voz cuando me lo comentó, pero definitivamente no se había encariñado con él.
Fue durante un día, o así se sintió, que Domenech y yo nos miramos mutuamente, enfrentados a la mesa del café, tratando de adivinar los pensamientos ajenos. Fue él, entrenado como terrícola, quien primero rompió el silencio.
– ¡Eres un dragón! – me gritó excitado como si hubiese sido el primero que había visto.
– Prefiero el término Mirvillieu y tú también lo eres. – Repliqué calmo, aunque restringiendo mi risa por dentro.
El silencio calló de nuevo y pude notar el nerviosismo de los dueños del lugar. Tenían que cerrar, y no sabían cómo sacarnos. Medio a rastras me llevé a Domenech del brazo hasta fuera –no sin antes inclinar la cabeza a modo de saludo al jefe del local. Una vez fuera de lugar un solo “Adiós” bastó para permitirme desaparecer de la fachada de aquél desalmado planeta. Al día siguiente no faltaba el joven en mí asiento regular, indiferentemente me dirigí a la barra y me pedí un vaso de lo que los terrícolas llaman “Harvey Wallbanger” –algo fuerte para ser un exprimido de naranja, en mi opinión–, y me permití relajarme. Tomás tenía otros planes para mí. No dejó de observarme desde mi asiento.
– Despacio con la bebida – me dijo el dueño. – No es jugo – aclaró con ojos preocupados.
Supe que Domenech había escuchado. No pude evitar seguir pidiendo más tragos para acallar mi ignorancia. Había algo raro en ese cóctel, luego descubrí que se llamaba “alcohol”. Tampoco estaba al tanto de qué efecto desencadenaba en el organismo, aunque claro está que no deseaba aparentar debilidad alguna ante Domenech.
Ser débil frente a un dragón experimentado puede muy bien costarte la vida. En fin, yo estaba “borracho” y medio que charlando, u mejor dicho acosando, al dueño con preguntas sobre su planeta natal y su vida en él, bueno, su vida en general. Ya entrada la tarde no quedaban en mí fuerzas para levantarme de mi butaca. Fueron Domenech y el jefe quienes me llevaron de prepo a una pequeña cama – la cual mas bien merecía el nombre de camilla – en un pequeño cobertizo polvoriento.
– Al menos es un bebedor inofensivo – le escuché decir al dueño, sin rastros de la voz de Domenech.
Al entreabrir los ojos pude ver que Tomás estaba irradiando furia líquida desde sus ojos, como le había visto hacer a mi madre. ¿Quién podría culparlo? Él primer dragón que había conocido y éste no podía tenerse en pie luego de unas copas de jugo.
– Lo dejo en tus manos. – dijo, mientras abandonaba la estancia, el jefe.
Domenech cayó pesadamente, como un Stanglik en su faceta R’lyeh, a mi lado en el pequeño camastro y parte de su enojo pareció disiparse.
– Sabes… – me dijo pensativo – extraña situación.
No pude reprimir la carcajada que brotó irrefrenablemente. Tomás me tomó y me obligó a reposar debajo de las poco utilizadas, polvorosas, mantas. Todo era muy raro y el mundo daba vueltas. Entre sueños escuché una hermosa voz que cantaba. En el sueño cantaba para mí.
Javik.
Noche de las Helsekbly, Makemake.
Han pasado tres días desde que tomé estas hojas. La lapicera ya no tenía tinta. Pequeño inútil regalo de Milena. Estaba, entonces, en aquella incomodísima camilla, con un tremendo dolor de cabeza – rescasa, según tengo entendido. Apenas si pude bajar del ático y acercarme a la barra – donde, como de costumbre, se encontraba el dueño. Celeste – una de las meseras – preparó nuestros desayunos. El jefe fue lo suficientemente amable para explicarme los efectos secundarios del dichoso alcohol.
Inexplicablemente ese día nadie se presentó al café, y nunca me atreví a preguntar el por qué. Fue Domenech el único en arribar. Claramente se lo podía ver nervioso y preocupado. Me bombardeo con preguntas inútiles, hasta que logré callarlo. Su voz, por momentos, lograba calmar mi dolor, aunque en otros mi cabeza parecía ser martillada por un Grosken.
Una hermosa muchacha llegó al local horas después, para cuando me sentía mejor, y el nerviosismo de Tomás se incrementó. Ella se acercó, cordialmente, y nos dedicó una reverencia.
– Ya están aquí – dijo para Domenech.
Los ojos topacios de Milena centellaron vivamente y entendí qué estirpe era la que se avecinaba.
Javik.
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