Sofía era una señora de 83 años. Ella se sentaba todos los días en su mecedora, en el porche de su humilde casa, a ver pasar a las personas y quedarse pensando que ocurría en sus vidas. Observaba las facciones de sus rostros, la ropa que llevaban puestas y con quien iban acompañados.
Sofía era canosa y con anteojos. Se levantaba a las cinco de la mañana para salir a caminar hasta el monte de su pueblo, y de allí, observaba el alba que le hacía recordar a su difunta familia. Esta había muerto en un accidente de auto en la ruta.
Al ver este fenómeno volvía a su casa, tomaba un mate cocido con tostadas y mermelada, escuchando la radio local. A las nueve de la mañana comenzaba su trabajo en el hotel, recibiendo llamadas y atendiendo a los clientes; en sus tiempos libres leía su libro favorito. En éste se registraban todos los huéspedes que pasaban por el hotel; mientras lo leía y, evaluando la caligrafía, decidía que había sido del huésped.
A la una de la tarde se detenía a almorzar el menú del hotel y a las tres volvía a su trabajo.
Cuando el reloj de la pares del hotel marcaba las siete de la tarde volvía a su casa, tomaba un baño, se preparaba su té y se sentaba en su mecedora a ver a la gente.
Todas las noches, luego de una cena sencilla, se ponía a escribir largas historias sobre las personas que había leído o visto ese día; después los guardaba en un baúl que se encontraba en los pies de su cama. Allí guardaba todos los manuscritos que alguna vez había escrito y que nunca llegarían a ser conocidos.
Pero un día pasó. Un día, Sofía se aburrió de escribir; lo interesante se volvió aburrido y, de un día para otro, dejó de escribir. No volvió a tomar una lapicera y se volvió depresiva. Ya no sonreía. Para la gente del hotel, era la edad, pero Sofía sabia que se trataba de algo emocional, yo no le parecía atractivo seguir escribiendo.
Un día mientras volvía del monte, luego de ver el amanecer, se encontró con que delante de su casa se encontraba un Volvo color plateado. Era un auto ostentoso, último modelo. Cuando la vio acercarse, se bajo de él, un tipo de cabellos dorados, un metro ochenta y buen mozo o eso lo aparentaba (Sofía tenía mucha práctica). La señora se acerco y el hombre la abrazo y se largo a llorar.
Sofía no entendía nada. Invitó a pasar al extraño joven y le ofreció un mate cocido. Cuando se calmó, el muchacho dijo:
-“Mi nombre es Ezequiel. Soy hijo de tu hermana Clara. Mi madre dijo que te encontraría por acá. La situación es la siguiente: tengo que entregar un libro, para la editorial en la que trabajo, con las historias de un autor desconocido y mi mama me sugirió a vos.”
Luego de escuchar al joven y, todavía con la taza en las manos, Sofía sonrió como hacía mucho que no lo hacía.
este es el personaje ;) hice la tarea
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