¿Y yo dónde estoy?
Me desperté en la azotea del hotel. El broche que me cayó en la cabeza había terminado con mis nítidos sueños. Estaba disfrazado de hawaiana. Me levanté desconcertado y vi un bulto en mi bolsillo. Encontré una lapicera de los años cincuenta. No sabía qué hacía allí, pero lo que más me sorprendió fue el cielo verde. ¿Qué hacía yo allí? o mejor ¿Dónde estaba? La luna y el sol se encontraban uno encima del otro y los edificios estaban sobre calles azules. El pasto era azul con manchas blancas y, en el horizonte, el césped se volvía negro.
De los edificios vi salir a mujeres con pantalones cortos, remeras largas y viseras; y a los hombres de pollera y camisolas, algunos hasta con sandalias.
Yo definitivamente NO entendía nada.
Me dirigí hacia la salida del hotel. Las cosas se seguían tornando raras. Al empezar a bajar las escaleras, me di cuenta que me acercaba cada vez más al cielo verde. ¿Qué pasaba en este mundo? Una pequeña parte de mi cerebro que todavía no se había perdido en la locura, comenzó a pensar, y reflexionó con la idea de que tal vez estaba todo al revés. Y eso, al fin, tuvo sentido. Por eso el pasto era azul con manchas blancas y negro al fondo, y por eso el cielo era verde.
Pensando todo al revés, si bajaba las escaleras y mi cuerpo ascendía, entonces tenía que subir para bajar. Y entonces comencé a caminar hacia arriba. Funcionó. Comencé a bajar. El edificio tenía ocho pisos. En primer piso encontré abierto uno de los diez departamentos que había allí. En él había un matrimonio. Ella se encontraba tirada en el sillón, con los zapatos en el suelo y sus pies en una mesita ratona, gritándole a su esposo. Ella estaba mirando un desfile de Carolina Herrera o algo así. Me encaminé dentro del departamento y, al llegar a la cocina, vi al hombre con un delantal. Estaba cocinando un estupendo pavo relleno. Mientras hacía eso, estaba dándole de comer a un bebé. Aterrado, salí corriendo por la puerta por donde había entrado, y me dirigí escaleras arriba.
Al llegar al quinto piso, me detuve a descansar. Aventuré a entrar a otro departamento. Entré a que tenía en frente. En el vi algo mucho más extraño todavía. Observé a un pájaro, que había logrado escapar de su jaula, persiguiendo a un gato. Eso no podía pasar. Al pajarito se le sumó un ratón. El gato, aterrado, corrió a esconderse en una caja. Cuando logró despistar a sus perseguidores, suspiró relajado. Pero de pronto, se le erizó en pelaje de su cuerpo. Yo no me había percatado, que en un rincón del departamento, había un perro, agazapado. Cuando el gato, lo localizó, saltó hacia él, y comenzó a perseguirlo. El pájaro y el ratón, al escuchar ruidos, salieron en busca de su perseguido. En cuestión, el pájaro y el ratón perseguían al gato; éste, aterrado y, apurado en atrapar a su presa, corría al perro, y este último, apuraba el paso por su pellejo.
Cerré la puerta y, con miedo a terminar loco de remate, corrí escaleras arriba para salir de allí. Al llegar al octavo piso, corrí hacia la puerta y salí hacia las calles azules. Quería salir de ese mundo extraño. Quería termina con la locura que había en ese mundo loco. Miré la dirección del hotel. Era Mendoza al 1234. Era la dirección de edificio donde yo vivía en MI mundo. Pensé, si la dirección era la misma, no será que las personas que vivían en el otro mundo estaban allí. Decidido, fui caminando hasta donde vivía mi mejor amigo, Jasper. Éramos amigos desde que teníamos conciencia de la realidad. Estudiábamos juntos en Buenos Aires, hacía tres años. Él vivía con sus tíos en una mansión de Puerto Maderos. Caminé, con miedo a tomar un taxi o el subte, y a las dos horas, llegué a la casa de mi mejor amigo.
En el camino me crucé a varones vestidos como yo, y a mujeres jugando al futbol como si fueran Messi, o Agüero. Me atrasé mirando como jugaban, hasta que me percaté de algo que me llamó la atención. No era de día como yo pensaba. Sino que era una hora bien entrada la noche. El sol no estaba, y todo estaba iluminado por luces. Mi cabeza se puso a pensar si no era que el día también estaba invertido. Yo me quería ir de allí. Quería terminar con eso de una vez.
Corrí en dirección a lo de amigo, y al llegar, me lo choqué. Él se me quedó mirando hasta que me conoció, pero lo noté tan confundido como yo. Los dos estábamos vestidos iguales, aunque su collar de flores era violeta y el mío rosa. Antes de que yo le pudiera decir algo, me dice:
“Jake, no entiendo nada. Me desperté en mi cama y estaba vestido así. En el bolsillo tenía un papel para escribir. Me quise cambiar porque no pensaba salir así a la calle. Al abrir mi ropero, encontré polleras, blusas, camisolas, sandalias. Sobre mi cómoda había maquillaje. Salí corriendo, porque el cajón de la ropa interior no lo pensaba abrir. Mis mascotas estaban todas locas. En las escaleras, bajaba, pero subía. Una locura, pensé que me estaba volviendo loco, por lo que decidí ir a buscarte para ver si me podías ayudar. Pero por lo que se ve vos también tuviste tus problemas.”
Me lo quedé mirando. Algo de lo que había dicho seguía resonando en mi cabeza. Él había dicho: “…en el bolsillo tenía un papel para escribir…” yo tenía una lapicera. Tenían algo que ver estas piezas. Las acercamos y vimos que todos en la mansión volvían a sus roles. Las mujeres cocinaban, los hombres miraban la tele. Le conté mi hipótesis y le resultó convincente. Nos pusimos a pensar y se nos ocurrió que, la noche anterior, habíamos salido con unos amigos a cenar. Si nosotros dos no entendíamos tal vez nuestros dos amigos tampoco.
Fuimos primero a ver a Ezequiel. Este era el más loco de los cuatro. Era rubio de ojos verdes y muy solicitado por las chicas. Vivía en Palermo. Nos encaminamos hacia allí a paso rápido, con miedo a que se le ocurriera irse y no lo pudiéramos encontrar. Al llegar a su casa, el loco se encontraba en su balcón con una mini falda de jean y un top bien apretado, cantando a todo pulmón. Nos echamos a reír y, cuando nos vio nos hizo un gesto para que subiéramos. Al llegar a su casa, encontramos su traje de hawaiana tirado en el piso. Lo saludamos, le contamos como estaba la cosa (lo cual le gustó mucho), y nos pusimos a revisar sus bolsillos. En ellos encontramos una pizarra con un sujeta-papeles y una porta-lapicera. Enganchamos las tres cosas y vimos como todo el edificio volvía a la normalidad, pero no solo el edificio sino toda la cuadra.
Llegamos a la conclusión de que si juntábamos los cuatro objetos, terminaríamos volviendo a la normalidad. Fuimos a buscar al último del grupo. Este era el más tímido de los cuatro. Era el traga del grupo. Era el mejor promedio de su facultad, y ya se había adelantado un par de años en ella. Él se llamaba Kevin.
Kevin vivía en Lomas de Zamora. Corrimos rumbo a él. En el camino, la “magia” de los objetos volvía a la realidad todas las cosas. Al llegar, Kevin tenía puestas sus ropas normales, pero estaba serio, con su entrecejo fruncido, como siempre lo estaba cada vez que no entendía algo. Cuando nos vio llegar, escucho atentamente lo que nos había pasado, y las conclusiones a las que habíamos llegado. Las evaluó durante unos momentos, y sacó de su traje de hawaiana un trozo de papel que tenía escritos unas palabras. Kevin dijo:
“No son palabras, son letras desordenadas. Mientras pensaba las ordené y se forman tres palabras: revolmos quealaver dadalire. Es un juego de sílabas, y si las reacomodas forman: queremos volver a la realidad. Por los objetos que han encontrado, me parece que tenemos que escribir las sílabas reordenadas en el papel de Jasper con la lapicera de Jake sobre el portapapeles de Ezequiel.”
Todos nos lo quedamos mirando con la boca abierta. Había logrado descifrarlo. Yo agarre la lapicera y, con las indicaciones de Kevin, me puse a escribir las palabras. Lo que ocurrió después no lo recuerdo bien. Del papel, salió un rayo de luz que nos cegó a los cuatro y, cuando volvimos en sí nos encontrábamos en el departamento de Kevin, tirados en el piso. Nos levantamos y vimos que los objetos no se encontraban. Estábamos en el medio de la noche silenciosa. Nos encontrábamos con nuestras ropas y, a la mañana siguiente todos estaban vestidos igual, con sus roles de la vida cotidiana: si bajabas las escaleras ibas para abajo no para arriba, el gato perseguía al ratón y al pájaro y era perseguido por el perro.
Todavía, luego de 5 años, nos preguntamos si pasó en realidad o si fue un sueño.
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